martes, junio 25, 2024
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Declarar conscientemente: ¡Yo creo en ti, Señor!

Existen muchas formas de decir “yo creo en ti, Señor”. Y una de ellas es, asegurarse si se tiene el dominio de su significado y de llevarlo a cabo. Decía el Maestro Jesús: “Este pueblo con los labios me adora y me aclama, más con el corazón está muy lejos de mí…”. La importancia de esto es que el sentimiento de aceptación de Dios debe refrendarse en la práctica, mostrando un modelo de hombre consciente o realizado, con una verdadera prédica a imitar de conducta y de vida, la cual se acciona con amor, devoción, servicios con obras, tolerancia, no violencia, respeto de dogmas y credos, de raza, y la más obvia, sobre aquello que hace sentir superior la “clase social”, que da matiz de ser privilegiado de Dios por dotarle una condición económica diferente a otros.

Cabe por otro lado señalar que el gran universo de hombres entiende que participar de ritos solemnes y clamar con panderetas y cantos exentos de devoción sincera los hace creyentes salvados del castigo. Indicativo se hace que no todo el que dice: “Señor… Señor… entrará al Reino del Cielo”; dice también Jesús: “Solo el que haga la voluntad de mi Padre será salvo, y digno de llamarse hijo de Dios”.

Cuando se asegura y se dice: “Creo en ti, Señor” involucra amar a Dios sobre todas las cosas, suprimiendo apegos y deseos a las cosas del mundo. Amar y sentir verdadera compasión al prójimo. Es aceptar las diferencias que permiten crecer a través de ellas al reconciliarlas. Entender por demás, que el Principio Activo- Dios- se integra en todos, dando la impronta de unicidad y hermandad en la Creación. Decir “creo en ti, Señor”, es ser tolerante sin menosprecio a la condición social del otro, que aún con sus faltas y equivocaciones que lo hacen pecar, transita el mismo sendero que lleva a Dios.

“Creo en ti, Señor” es, por tanto, procurar el establecimiento de la paz en el mundo como en el interior del hombre, evitando guerrear por territorios, intereses o nacionalismo patrio. Entendiendo que solo hay una raza: y es la humanidad. Un solo lenguaje: y es el del corazón. Una sola religión: y es el amor. Un solo dios: y es omnipresente.

Por supuesto todo esto tiene un virtual fundamento y es la fe. Pero una fe sostenida, no añadida con intolerancia y prejuicios a otros credos. Por cuanto la fe es aceptar la voluntad de Dios sin apelación, aunque la misma se accione con dolor, como prueba de crecimiento o saldos de débitos creados en el pasado o presente, como también de servicios misioneros al prójimo. Es entonces que creer en Dios con todas estas asignaturas, otorga la satisfacción de haber generado y proyectado el amor como bienaventuranza, y contribuir con ello al perfecto plan divino de nuestro señor y amado Dios.

 

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